Para iniciar el tema de los Borja...con su italianizado apellido...ahora Borgia...hago esta entrada, no sin antes prometer terminar con las dos hijas y el único hijo varón de Enrique VIII y una entrada más sobre el sadismo de el propio Enrique en el tema que atañe por supuesto a la legendaria dinastía Tudor.
Aquí les dejo los celos de los Borgia¡
La supuesta santidad de los Papas, tiene su más importante detractor en Alejandro VI, personaje abyecto y depravado que fue Jefe de la Iglesia Católica por 10 años.
El linaje de los Borgia tiene sus orígenes en Cataluña, habiendo italianizado el apellido que anteriormente era Borja.
Rodrigo de Borja es llamado a Roma por su tío carnal, el Papa Calixto III, quien lo nombra Cardenal con solo 25 años de edad.
Protagonista durante décadas de intrigas y maquinaciones, es elegido como Sumo Pontífice en el año de 1492; ya para la fecha contaba con extensa prole habida en diferentes amantes.
La más importante de ellas fue Giovanna Cattanei, de nobleza media pero de gran fortuna, en ella tuvo a sus hijos más importantes y queridos: Juan, César, Lucrecia y Godofredo; más Alejandro VI, tenía un preferido entre los preferidos y éste era Juan.
Juan Borgia quien había contraído nupcias en el mismo año en que su padre era ungido Papa, con la linajuda María Enríquez de Luna.
Hombre relativamente moderado, no fue un títere más en las manos de su padre, quien prefirió utilizar para sus ardides la maldad innata de César y la belleza de Lucrecia a fin de obtener sus maléficos propósitos.
Esta predilección paterna fue la que inspiró las celos de su hermano César; Juan había sido elegido por su padre Capitán General de la Iglesia y Gonfaloniero, elección del todo injusta a los ojos de César, conciente que él había ayudado mucho más a su padre y por lo tanto era quien se merecía estos importantes cargos.
En la noche del 14 de Junio de 1497, retirándose de la casa de su madre luego de una cena, fue acuchillado y su cuerpo botado al río Tíber, en su bolsillo fueron encontrados 30 ducados de oro, que permite excluir la hipótesis de un robo. Hipótesis más creíbles son las que se manejaron dentro del seno familiar:
Los celos de César por las preferencias de su padre y su hermana Lucrecia hacia Juan?
Los celos de Godofredo por una posible relación de Juan con su esposa Sancha?
Lo cierto es que para Juan Borgia, éstos celos resultaron mortales.
Tras la anulación de su matrimonio con Catalina Howard y, a los fines de asegurarse, decapitada su ex esposa, Enrique tuvo intención de casarse nuevamente. En este sentido, depositó su interés sobre una bella treinteañera, dos veces viuda, quien sería su tercera Catalina, pues se llamaba Catalina Parr.
Catalina Parr era hija de una dama de honor de la primera Catalina (a la que debía su nombre). Además, resultaba ser la mejor de las esposas, quizá porque el monarca ya no tenía sus bríos juveniles y necesitaba más una nodriza que una amante. En este sentido, a los fines de buscar la gratitud del rey, utilizó su experiencia en atender ancianos. Este conocimiento lo obtuvo de sus anteriores matrimonios que le habían impuesto, dejándola viuda en plena juventud.Ella lo cuidó en su vejez, soportó sus achaques y fue su paciente enfermera.
Además, logró reconciliarlo con sus hijas, luego de más de diez años de distanciamiento. A su vez, consiguió que ante el Parlamento las reconociera como legítimas a Isabel y María –hasta entonces consideradas bastardas–. Catalina se convirtió en una verdadera madre para Isabel y el príncipe Eduardo. El reconocimiento de legitimidad colocaba a María e Isabel como herederas respectivamente del trono tras el príncipe Eduardo.
La amistad de María y Catalina Parr se había forjado antes del casamiento con el rey, su padre. A causa de esta temprana amistad, María no sólo aprobó este casamiento (así como había desaprobado el anterior) sino que acompañó a los novios en una gira por el sur de Inglaterra. En la boda, fue una de las damas de honor y participante de los festejos y luego, compañera inseparable de la nueva reina.
Incluso esta amistad podía considerarse
Catalina hizo aumentar la renta de María y además le proporcionaba todo tipo de regalos, sobre todo joyas y ropas suntuosas que resultaban sus predilectas. Por el contrario, su hermana Isabel, como su hermanito, era luterana y sus rígidos principios le hacían desdeñar el lujo. Juzgaba pecador el comportamiento de las dos amigas, que gustaban de concurrir a fiestas y a bailes a los que ella rehusaba asistir, considerándolos ‘orgías”. Esta concepción aséptica se refleja en la carta que Eduardo, que por entonces tenía ocho años, le escribe a la reina Catalina: expresa que él tendría que proteger a su hermana María, que por causa de esas fiestas, las suntuosas vestimentas y joyas “se estaba dejando de comportar como una buena cristiana”.
Estas expresiones del príncipe Eduardo deben matizarse y ser analizadas bajo la luz de las concepciones de la época. Si bien es cierto que el rey Enrique, a causa de su gota, no solía concurrir a esas fiestas palaciegas y, si lo hacía, no podía bailar, éstas distaban mucho de ser las reuniones orgiásticas que tanto atemorizaban al pequeño príncipe y a su hermana Isabel.
En todo caso, el hecho de que ambas eran muy jóvenes explicaría su necesidad de concurrir, sociabilizar con los cortesanos letrados o solamente divertirse. Para los luteranos este tipo de conducta se concebía como licenciosa o apartada de lo tolerable. Quizá Isabel exageraba su luteranismo, por sentirse relegada en la consideración cortesana, pues mientras a María la llamaban princesa, a ella sólo la denominaban Lady (quizá por el recuerdo de que su madre había sido juzgada como una prostituta).
Hacia fines de 1546 el estado de salud del Rey empeoraba, a pesar de los cuidados de su esposa, en enero de 1547 fallece. Se estima que María lo acompañó en su agonía, antes del suspiro final, su padre le había llegado a decir que moría triste por no haberla casado, y le había pedido que protegiera al pequeño Eduardo de las amenazas del Vaticano. Pero esto último no puede ser cierto, pues bien sabía Enrique cuán firmes eran las convicciones católicas de su hija y, en caso de solicitar tal cosa, lo hubiera hecho a su esposa Catalina, que era luterana.
De esta manera, Catalina Parr, se convirtió en la única reina que sobrevive a los caprichos del rey Enrique VIII. Luego de su muerte, totalmente libre, no tardó en casarse con Eduardo Seymour, tío del rey Eduardo, nuevo monarca que había sido entronizado a la temprana edad de los nueve años.
Así, con esta escena de paz y concordia, termina la tempestuosa existencia de Enrique VIII y el relato de las vidas de las seis reinas consortes de este Barba Azul.
En la corte de Enrique VIII de Inglaterra no todo era perfidia y maldad, existió una joven y bella princesa que era la antítesis de su malévolo hermano, el temido y temible rey.
María era la hija menor del primer soberano de la dinastía Tudor Enrique VII, un advenedizo que justificó en parte su ascenso a la corona de Inglaterra mediante su matrimonio con Isabel de York, hija del rey Eduardo IV de York y hermana del sucesor de este, Eduardo V, de la dinastía que provenía en línea directa de los míticos Plantagenet.
María Tudor, Reina de Francia, Princesa de Inglaterra, Duquesa de Suffolk
En lo que le permitía su maquiavélico carácter, Enrique estuvo muy unido a su hermana menor, tanto así que a su primogénita, hija del matrimonio con la española Catalina de Aragón, la llama con el nombre de su querida hermana.
Hermosa como un sol, María tuvo muchos aspirantes a su mano entre las principales casas reales europeas, era el rey quien debía decidir su matrimonio y deseando una alianza con Francia, no tuvo ningún reparo en casarla con Luis XII, quien a la época contaba con 52 años y era un anciano, una vida licenciosa le había causado un envejecimiento prematuro.
No le valieron de nada súplicas y llantos, en 1514 con solo 18 años contrae nupcias que la convertían en Reina de Francia.
Durante las fiestas y agasajos por su real matrimonio conoce a Charles Brandon Duque de Suffolk, el amor entre ambos es inmediato aunque siempre se mantuvo a nivel platónico.
Solo 3 meses después, Luis XII de Francia muere, ascendiendo al trono Francisco de Valois, como Francisco I.
La reina viuda María desafiando con el mayor de los corajes a su hermano el Rey de Inglaterra, casa en secreto en París con su adorado Suffolk.
Pocos días después de éste matrimonio viene a enterarse Inglaterra de lo acontecido, el rey entra en todas las furias, no solo porque Suffolk contaba con tres matrimonios en su haber encontrándose aún viva su primera esposa, conociendo a Enrique VIII este sería solo un pretexto, la verdadera razón de su enojo es que se le iba de las manos una princesa real quien era un valioso instrumento para concertar posibles alianzas políticas a través de ventajosos matrimonios.
En un acto que podría haber sido considerado un milagro contrario a la lógica y ante los hechos consumados, Charles y María contraen matrimonio oficialmente en Londres con la venia del rey ; he usado el condicional "podría haber sido considerado" , notemos las fechas, el matrimonio de los Duques de Suffolk se realiza en 1515, lejanos se encontraban aún los tiempos de la aparición de "El Cuervo Negro" Ana Bolena quien quizás haya sido la única que despertaría en Enrique VIII sus más oscuros instintos originados en una pasión irrefrenable. Podrían haber sido diferentes la vida y conducta de éste soberano sin la aparición de la Bolena? La respuesta a ésta pregunta se mantendrá siempre a nivel de conjetura.
Pero volvamos mejor a la historia de amor limpio y verdadero, los Suffolk fueron muy felices, más ésta felicidad duró relativamente poco, nuestra heroína muere de tuberculosis con solo 37 años.
María amó realmente a su segundo esposo, pudiendo casarse nuevamente al enviudar a solo 18 años con alguna cabeza coronada ya que era pretendida por grandes reyes y señores, prefirió hacerlo con su adorado Charles.
Amó del mismo modo y con igual intensidad Charles a María? Si respondemos basándonos en su comportamiento inmediato posterior a la muerte de María, la respuesta sería negativa.
Menos de un año después de la desaparición de su "amada esposa" casa con la prometida de su hijo, una muchachita de 14 años quien además era su pupila
Esta jovencita ocuparía el trono real como quinta esposa de Enrique VIII. Prima de primer grado de la ejecutada Ana Bolena y sobrina del duque de Norfolk. Su casamiento con el rey de Inglaterra se debía quizás a una imposición familiar. Ello se deduce de dos posibles razones: por un lado, se estima que estaba enamorada de otro hombre, el joven y apuesto Culpeper, de quien se murmuraba que era su amante. Por otro lado, solo bajo presión puede explicarse la unión con un rey que había decapitado a su prima.
El temor al método de divorcio que había aplicado el rey a su prima Ana no era infundado. Una dama de la corte había manifestado abiertamente que sólo se casaría con Enrique si ella tuviera dos cabezas: “una para conservarse viva y la otra para ser decapitada por él”. Incluso, Enrique un rey avejentado y maduro no le resultaría muy atractivo a la jovencita, cinco años menor que María, la hija de su futuro esposo. Cabría aclarar que además estaba obeso, era bebedor y padecía el mal de la gota.
Detrás de estas desfavorables características del monarca ingles, el enlace se sustentaba en la ambición del clan
Howard, pues la propia Catalina era más dada a las intrigas amorosas que a las políticas. Pero esas intrigas la utilizaban como un peón de ajedrez, en el enfrentamiento entre el poderoso Cromwell y el tío de Catalina, Tomás Norfolk.
Lo cierto es que el rey Enrique manifestaba estar enamoradísimo de la joven y bella pelirroja, a la que llamaba “su rosa sin espinas” y por esto la boda y la coronación de la nueva reina se efectuaron casi inmediatamente de la anulación de su anterior matrimonio. Sin embargo, esta unión que parecía satisfacer los deseos de la corona de consolidar su progenie, pronto se truncaría. Si bien la belleza caracterizaba a lareciente esposa, su inteligencia era escasa.
Con respecto a su conducta, hay versiones contradictorias y diferentes: algunos consideran que su comportamiento fue realmente escandaloso y que mereció su triste suerte, mientras otros juzgan todo lo que se le atribuye a una elaborada calumnia del clan enemigo para desembarazarse de ella y de la influencia que pudiera tener sobre el monarca.
Catalina Howard no supo obtener apoyos dentro de la Corte (desde el principio no fue bien vista) ni la simpatía de su hijastra, María, hasta el punto de expresar que “Lady María no la trataba con la debida reverencia, pareciendo olvidar que ella era sólo una bastarda real”. La madrastra retribuyó la malquerencia, logrando que el rey hiciera despedir a tres de las damas de honor de la princesa María y le redujera el dinero que le era otorgado para sus gastos.
Todavía se cuestiona la injerencia de Catalina en la ejecución de la madrina de María, a la que esta quería mucho, intima amiga de su madre (Catalina de Aragón), a favor de la cual Maria se humilló ante la nueva reina implorando por la vida de la anciana. Margarita Pole, que así se llamaba el aya, era mujer de más de setenta años y estaba prisionera en la torre de Londres “por desobedecer órdenes del rey”. Más allá de los intentos frustrados de María, la anciana fue atrozmente ejecutada, acrecentándose la fama de sanguinario de Enrique VIII, su propio padre. La princesa decidió entonces que le era más provechoso acordar con la nueva reina y, al hacerlo, le fueron devueltas sus damas de honor y su renta.
No obstante, el poder de Catalina Howard –sustentado en su belleza– seria breve. Al poco tiempo a través de las intrigas cortesanas fue acusada de adúltera. Se dijo que Catalina era promiscua, que lo había sido antes de su matrimonio y lo siguió siendo durante éste, que seguía viéndose con su antiguo amante Culpeper y con otros, y que el único que lo ignoraba era el rey.
Como elementos probatorios de la infidelidad y el comportamiento licencioso de Catalina, se ofrecieron al rey una serie de cartas “apasionadas” escritas por la reina a uno de sus amantes. Sin embargo, la reina apenas sabia escribir su nombre, lo que demuestran la falsedad de estas supuestas pruebas. Es decir, que ni al mismo rey pudieron haber engañado. Pero éste las admitió, quizá para reforzar su orden de encarcelamiento de su esposa y su posterior condena, acusada de falta de castidad antes de su matrimonio y adulterio durante éste. Estos hechos resultaban posibles pero no probados.
Por orden del rey, los soldados de su guardia acudieron a arrestarla. Se cuenta que al verlos, Catalina advirtió su infortunio, logró eludirlos y se echó a correr por los corredores del palacio, en busca de su esposo para rogarle por su vida. Pero los guardias la alcanzaron antes de que llegara y los testigos del arresto afirman que hasta que lograron reducirla y amordazarla, sus alaridos fueron espeluznantes.
Así, fue encerrada en la torre del castillo de Hampton Court, a orillas del Támesis, y se dice que de allí intentó escapar disfrazada de mucama, pero su distinguida forma de caminar la denunció ante los soldados, que la persiguieron mientras ella llegaba a la puerta misma de la capilla del palacio, donde el rey estaba escuchando misa. Pero éste no se dio por enterado y allí mismo volvieron a capturarla y la retornaron a su encierro.
No hubo clemencia para ella y posteriormente la condujeron en un bote por el Támesis para trasladarla a la Torre de Londres, para ser allí decapitada cuando contaba apenas veinte años.
En la actualidad se dice que el fantasma de Catalina Howard ambula por la galería que conduce a la capilla del magnífico palacio de Hampton Court
Evidentemente, la suerte que corrió Catalina así como las esposas que le precedieron, demuestra los avatares del poder.
Más allá de la tristeza que embargaba a Enrique por la muerte de su esposa Juana, debió considerar celebrar un nuevo matrimonio, ya que resultaba conveniente a los fines de fortalecer sus alianzas de poder. En este sentido, necesitaba casarse con alguna candidata que lo aliara con el Sacro Imperio Romano Germánico que –liderado por el Emperador Carlos– representaba la mayor potencia de la época.
Entre las posibles esposas se encontraba la flamenca Ana de Cleves, princesa de una familia destacada de religión protestante luterana, lo que favorecería la posición de Enrique en Inglaterra como jefe de la Iglesia Anglicana que él mismo había creado. A los fines de consolidar aún más esa posición, pensó en pactar el matrimonio del recién nacido
Eduardo con una hermana de Ana, intento que resultará fallido.
En este sentido, a los fines de conocer el aspecto de la que sería su cuarta esposa, envió a la corte germana al pintor Hans Holbeín para que realizara un retrato de su prometida. Así lo hizo el gran pintor, sin embargo, por temor de desagradar al rey realizó un retrato retocado de la futura reina, ante el cual el rey aprobó y hasta se ilusionó con la nueva posesión conyugal. Pero cuando conoció personalmente a Ana de Cleves, no pudo menos que manifestar su desagrado.
Según los cánones de la época, Ana era realmente fea: era alta y corpulenta, y su rostro poco agraciado mostraba además marcas de picaduras de viruela. Incluso, era poco apta para sostener los diálogos ingeniosos de una corte renacentista, dirigidos muchas veces por el mismo rey, que escribía versos, creaba canciones y gustaba de la lectura, todo lo cual era ajeno a los gustos de Ana, la cual apenas hablaba inglés.
Preso de esta decisión, ya que no podía negarse al casamiento por los altos intereses políticos y económicos que la novia representaba, contrajo matrimonio en 1540. De esta manera, Ana de Cleves se convertía en la cuarta esposa de Enrique VIII.
Ana había permanecido católica conservadora, aunque su familia era luterana. Entablo una relación prospera con la princesa María y se estima que su relación con el rey era buena. A pesar de esto, Enrique había puesto su atención en una dama que formaba parte del sequito de damas de honor de Ana, la bella Catalina Howard. De esta forma, el matrimonio entre Enrique y Ana estaba destinado a la ruptura. De hecho, Enrique consiguió que la fea flamenca, quizá temerosa de correr la suerte de la otra Ana (Ana Bolena), aprobara el divorcio, apenas transcurridos unos meses desde el día de la boda. A cambio de ello, recibiría una importante renta vitalicia que le permitiría proseguir residiendo en la corte inglesa como dilecta amiga del rey y de la princesa María, pudiendo mantenerse de acuerdo con su alto rango.
En este sentido se elaboraron una serie de hipótesis acerca de la consumación del matrimonio entre Enrique y Ana de Cleves: algunos historiadores sostienen que el matrimonio no fue consumado, por el desagrado físico que la flamenca producía al rey; otros dicen que la separación se produjo porque Enrique no había obtenido los favores de Ana, que estaba enamorada de otro hombre, y la deseaba tanto que le ofreció desposarla para poder hacerla suya, pero lo cierto es que Ana accedió buenamente a abdicar el reinado inglés en el que se vio pronto suplantada por su dama de honor. Así, este cuarto matrimonio del rey Enrique VIII semejó un paso de comedia.